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Entrevistas

Carlos Smith Croxatto:

“SI QUEREMOS SER POTENCIA ALIMENTARIA, LA AGRICULTURA NO PUEDE SEGUIR SIENDO EL HERMANO POBRE DE LA ECONOMÍA”

Hay nombres que están presentes en la agricultura chillaneja que son imposibles de obviar. Hay nombres que llevaron esta actividad a niveles muy profesionales en una época donde la tecnología era escasa. Hay nombres que siempre se escucharon en las casas relacionadas con el rubro agrícola. Silas Smith es uno de ellos. Un nombre inglés para un agricultor chillanejo que llegó a ser el mayor productor de semillas forrajeras de Chile durante los años 80. Sus hijos Carlos y Eugenio también van por la misma senda. Administran una empresa familiar: el fundo San Vicente de Diguillín, en Puente Urrutia, El Carmen; fundo al que llegaron hace 18 años desde Las Peñas en las cercanías de Chillán.

Silas Smith debió ser agricultor muy entusiasta en lo que hacía, y sin duda un gran modelo inspirador porque Carlos Smith Croxatto, su segundo hijo, es todo lo que uno podría esperar de un agricultor: apasionado por su actividad, innovador, participativo en el área gremial, con un gran sentido social y empatía por los agricultores que han tenido menos posibilidades de surgir. Es más, mira con orgullo la diversidad de cultivos de San Vicente y cómo han logrado que cada año sea más armonioso y productivo. Y es que San Vicente es un fundo precordillerano que luce bonito, bien trabajado, ordenado, con extensiones amplias, sin cercos y totalmente productivo. “Es el trabajo de esta tierra el que ha pagado todas las inversiones que aquí se han hecho”, cuenta.

Carlos Smith cree que se hizo agricultor, sin darse cuenta, cuando era niño, en los tiempos que acompañaba a su padre a recorrer el fundo San José de San Nicolás. Lo recorrían a caballo y “tengo el recuerdo de haberlo visto como observaba, meditaba, ordenaba y las cosas funcionaban….con muy pocos medios, pero con mucha creatividad”. El fundo fue expropiado en 1971 y Carlos aún añora ese campo familiar que lo hizo soñar con ser un agricultor de verdad.

Hoy, en San Vicente cuentan con 700 hectáreas cultivadas. Los rubros a los que se dedican son diversos e importantes en superficie, bastante mecanizados y generando trabajo a su gente durante todo el año, lo que les permite hacer un uso más eficiente de los recursos. “Tenemos la sensación de estar todo el año atrasados y eso nos obliga a estar muy encima del calendario, del clima y de la hora”, explica. Hoy en día, gran parte de la superficie está dedicada a la producción de semillas diversas. Su padre se había especializado en las semillas forrajeras gramíneas, pero estas de a poco han ido desapareciendo, quedando sólo algo de Festuca y Ballica Anual. En opinión de Carlos, la Festuca ha dado muy buenos resultados para la ganadería de rulo y riego en la zona y es una buena alternativa forrajera.

Hoy, básicamente producen semillas híbridas que contratan con diferentes empresas como Curimapu, Green Seed y otras. Los semilleros son principalmente de maíz, frejol, pepinos, zapallos italianos, girasol, canola y soya. Además, tienen otras siembras industriales como la Chicoria la que siembran desde que Orafti se instaló en Chile con resultados bastante interesantes. También trigo candeal y algo de avena en la rotación con el trigo. Como cultivos hortofrutícolas, tienen espárragos y arándanos y están viendo la posibilidad de agregar en este rubro, el avellano europeo.

Para la alimentación del ganado producen maíz y Ballica Tama para ensilaje ya que se engordan alrededor de 2.500 novillos al año, los que son alimentados prácticamente con producción del fundo.

La tierra hay que hacerla producir, aunque produzca poco

Aunque se reconoce como agricultor a secas, Carlos se formó como ingeniero agrónomo en la Universidad de Concepción, pero está claro que su verdadera escuela fue su padre, el campo donde vivió su niñez y por supuesto sus años de trabajo en Europa. “De él aprendimos a hacer las cosas con rigurosidad. Mi padre fue pionero en lo que hacía, era muy curioso, viajó a buscar información afuera, leía mucho sobre el tema de las semillas y creo que el rigor en el trabajo lo heredamos de él”, cuenta.

¿Qué le falta a la agricultura chilena? En su opinión le falta eso: rigurosidad, orden, organización, estructura. “Nos falta considerar a la agricultura como una empresa, y en una empresa tiene que funcionar todo. Nuestros márgenes son tan escasos, que tenemos que ahorrar en cada detalle y hacer productivo cada rincón del campo”. Es más, Carlos es un convencido que la tierra siempre hay que hacerla producir aunque produzca poco, porque así el agricultor podrá rentabilizar mejor su maquinaria, su gente y su riego. “Para mí dentro del campo no hay sectores malos donde decida no sembrar, uno debe mejorar los sectores con deficiencias para aumentar la productividad promedio del terreno”, explica.

Y en eso han invertido gran parte de su tiempo: eliminar cercos, arreglar caminos, ordenar el campo, drenar y en fin, una serie de inversiones para sembrar más. Hoy cuenta con orgullo que en San Vicente se siembra un 15% más de lo que se sembraba cuando lo recibieron. Smith explica que hay simples detalles en los que se puede hacer más eficiente una tierra: sacar los cercos por ejemplo, si no hay ganado, no hay necesidad de cerco y los árboles que molesten también hay que sacarlos. Hay que hacer espacio para la agricultura y los árboles dejarlos en la periferia del campo.

Así se gana mucho en la eficiencia del uso de los equipos, de las siembras y se disminuyen las roturas de equipos. Otro tema es con los drenajes, por ejemplo, hoy no basta con regar, agrega, también hay que drenar bien los sectores que están anegados y que por ende no se siembran o producen menos.

“Yo podría decir que lo que mejor sé hacer es arreglar campos y es lo que más me gusta, tengo mucha visión como ir mejorando un terreno”, agrega.

La tierra debe ser para el agricultor

Es verdad…. aún se puede vivir de la agricultura. Y en eso es enfático en señalar: la agricultura sí es rentable pero muy dependiente de la intensidad con que se haga. “Cómo no va a ser rentable una actividad que la humanidad la necesita tres veces al día.” Aunque reconoce que hoy hay muchos intermediarios que se llevan buena parte de la rentabilidad.

Lo que sí critica mucho de algunos agricultores, es que desvían recursos de la agricultura para otras actividades descuidando o atrasando la incorporación de nuevas y más tecnologías necesarias a esta actividad.

Smith hace una comparación con lo que pasa en la agricultura europea, especialmente la francesa. En general, la tierra en Francia queda en manos de agricultores y pasa de generación en generación, gracias al apoyo estatal que permite y fomenta la instalación de los jóvenes, entregándoles créditos muy económicos y de muy largo plazo. Así, el padre le vende a alguno de sus hijos, y esa es parte de su jubilación. El padre puede, por cierto, seguir trabajando con su hijo, ayudándolo en tareas menores. Si no hay un hijo interesado, la prioridad de compra la tienen los vecinos para lograr terrenos más extensos y aumentar su eficiencia. Y si no hay vecinos interesados, una Asociación se encarga de buscar tierra para jóvenes que tienen la vocación de agricultor pero no tienen tierra en sus familias, a condición de haber realizado estudios en algún liceo agrícola. De esta forma el campo siempre queda en manos de alguien que lo hará producir.

Sus años en Europa

Era el año 82, plena crisis económica, Carlos Smith recién egresado de agronomía y un poco desencantado con la realidad por la que atravesaba el país. Muchos campos o empresas agrícolas quebradas. “Y siempre crecí con el sueño de viajar por el mundo y con un gran amigo, Marcelo San Martín, hoy agricultor de San Carlos, emprendimos un viaje por Europa con el fin de descubrirla desde una mirada rural y agrícola”, señala. Vendimiaron en Francia, fueron lecheros en Suiza. San Martín siguió el viaje, Smith se quedó en Francia donde estuvo hasta 1994. Formó una familia. Ingresó a trabajar en una empresa de semillas, Rhone Poulenc Agro, empresa francesa muy importante en la investigación de biotecnologías y producción de agroquímicos. La empresa tenía una estación experimental para el maíz y el girasol en el valle de Garone, en Agen (entre Toulouse y Burdeos). Ahí Smith trabajó, en un comienzo, con híbridos experimentales de maíz y girasol, donde se probaban hasta 800 híbridos en una hectárea en diferentes localidades del Sud‐Oeste Francés. Después de algunos años, asumió la responsabilidad de la producción de semillas de los híbridos experimentales y las semillas básicas para los programas de Francia, España e Italia, lo que le permitió entrar de lleno al mundo de las semillas y, por ende, conocer técnicas, tecnología y gente ligada a esa actividad.

Los cultivos agradecen el buen trato

Pasaron 10 años y llegó el minuto que la empresa vendió su programa genético, entonces se produjo una ruptura laboral. Poco tiempo antes se había separado de su señora. Y eso lo hizo mirar de nuevo hacia Chile. El regreso no fue una decisión fácil. Tenía dos niños menores, pero era un período difícil para encontrar trabajo en Europa pues en el rubro semillas había muchas fusiones. Ya en Chillán, comenzó a hacer agricultura en lo que más sabía: las semillas. Eran años en los que Chile crecía a tasas importantes, la institucionalidad era seria, había motivación, entusiasmo, sólo faltaba la tierra. Su padre le prestó un potrero, Carlos arrendó otro y comenzó su primer semillero de maíz. Toda su pasión y energía volcada en ese cultivo y en su nueva familia.

Así fue creciendo con arriendos y diversificando en cultivos. “Las labores oportunas, bien hechas, los fertilizantes y herbicidas bien aplicados, los riegos a tiempo y uno siempre presente y encima de la acción; podrán haber trastornos climáticos, pero si el trabajo está bien hecho, el resultado no puede ser tan malo. Los cultivos agradecen el buen trato”, explica.

Su vocación gremial

“No me imagino en otra actividad, me siento cómodo y realizado siendo agricultor. En general en esta actividad uno no se hace sino más bien se nace”. Así, el tomar conciencia de las limitaciones del sector agrícola y alentado por el ejemplo de otros colegas, es que poco a poco comienza a participar en la Asociación de Agricultores de Ñuble, de la que ha sido director y actualmente ocupa la vicepresidencia.

Nuestra idiosincrasia es muy individualista y en general la gente no confía y no cree en los beneficios de la asociatividad, explica. Eso encarece y dificulta aún más la compra de insumos y maquinarias. Piensa que si el gremio actuara más unido podrían avanzar mejor y ser más respetados por las autoridades políticas y económicas.

Considera que dentro de los logros importantes en el gremio fue el acuerdo con la industria molinera para el trigo candeal, que fue una iniciativa nacida en Ñuble para fijarle un parámetro de precios y en su opinión ha sido muy positivo. Les queda pendiente lograr lo mismo con la avena.

Hay que embalsar el agua para que alcance para más gente

En cuanto a la Reforma del Código de Aguas, hay algunos términos que son interpretativos respecto de los derechos de agua, y considera que eso ha generado mucha desconfianza, porque el agricultor pasaría a ser un usuario y no un propietario. Personalmente, en términos agronómicos no lo siente tan diferente, porque como agricultor lo que le interesa es el agua, el elemento, con eso se riega, no con el valor del agua que es lo que podría variar. “Creo que el agua tiene que alcanzar para más gente. Yo hago las dos agriculturas: la de riego y la de secano y me doy cuenta que es el cielo y la tierra la diferencia. Hay gente que está haciendo exclusivamente una agricultura de secano, y que no puede acceder al agua, creo que debemos darle la posibilidad” opina. Ahora, ¿de qué forma? Acumulando más agua, al embalsar los ríos debería generar una parte de excedente para que más gente tenga acceso al agua. Si embalsamos el agua más gente va a poder acceder a una agricultura de riego, que es en definitiva, lo que le puede dar la oportunidad de salir de una situación de semi pobreza, obviamente reorientando sus cultivos para darle mayor valor agregado.

Si un niño quiere trabajar debería poder hacerlo

El tema laboral es, para Carlos Smith, un tema en el cual la agricultura ha sido completamente ignorada. Hay un concepto de flexibilidad que no ha sido considerado. La agricultura no puede se trata de la misma forma que la industria, somos un sector dinámico porque trabajamos con plantas o animales, con cosas vivas, que no pueden esperar. Si tengo que cosechar mañana es mañana porque está con la madurez necesaria y no un día después. Y si necesita un horario especial por las temperaturas y es hasta medio día, esa flexibilidad es necesaria en el sector.

Otro detalle, es que es impensable que hoy día los jóvenes mayores de 15 y menores de 18 necesiten un permiso notarial de los padres para poder trabajar, sacado en una notaría que no está cerca del campo ni en el pueblo donde quieren trabajar. “Eso me parece una aberración que atenta contra la libertad de querer trabajar, como si el trabajo no fuera algo dignificante”, señala. Y peor aún: a los menores de 15 la ley simplemente los excluye del mercado laboral. Para la recolección de frutas, un niño puede ser mucho más diestro en esa tarea. “No puede ser que se asimile al trabajo con la esclavitud. Hablo de trabajo temporal en período de vacaciones de verano. En mis años que viví en Suiza, en los pueblos se suspendían las clases durante la semana de vendimia y los chicos iban a trabajar con los profesores; ellos cortaban la uva y ganaban su dinero, aprendían de la responsabilidad del trabajo y hacían una labor que era un cooperación y el dinero quedaba en los niños del pueblo lo cual era un estímulo”, finaliza.

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