X

Entrevistas

EL EFECTO PROTECTOR DEL COBRE

El cobre es parte de nuestras vidas. Es un mineral que está en los rincones más impensados de nuestros hogares y mantiene un sitial preponderante en la economía nacional, pero además contribuye al desarrollo del otro gran sector exportador del país, la fruticultura. 

  Esta sinergia comenzó en Europa. A mediados del siglo XIX, en Bordeaux, Francia, un productor de uva utilizó una mezcla de sulfato de cobre, cal y agua para evitar robos en sus viñedos. Lo que partió como una medida de seguridad, se convirtió pronto en un descubrimiento asombroso que transformaría para siempre la dinámica del agro. La mezcla utilizada, puso fin a la temida enfermedad de Mildiú, que ataca a la uva. Era el surgimiento del caldo bórdales, primer fungicida de la agricultura.

  “En Chile, el agro comenzó a utilizar estos fungicidas en forma muy activa, y en la actualidad su mayor uso está en los frutales tales como pomáceas, carozos, berries, nogales, kiwis, olivos, cítricos, paltos, avellano europeo y vides”, explica Ernesto Moya, del área de Fitopatología de la Universidad de Concepción. 

  El listado de uso que permite un control preventivo de enfermedades bacterianas y fungosas, también incluye otros importantes cultivos: cerezos, manzanos, perales y arándanos, pero además se utiliza en viveros y plantaciones forestales, e incluso en cultivos de tomates. 

  “Tiene una muy buena relación costo beneficio. Puede complementar un programa fitosanitario y es fundamental para un amplio grupo de patologías. El cobre vino a aportar en el control de un grupo complejo de enfermedades donde no hay muchas alternativas”, aclara Marcelo Duarte, jefe técnico de Quimetal,  empresa dedicada a la fabricación de fungicidas orgánicos en base a cobre, azufre y a mezcla de ellos, además, de otros productos en base a molibdeno, magnesio y aluminio para usos industriales y silvoagropecuarios. 

 

La mezcla utilizada, puso fin a la temida enfermedad de Mildiú, que ataca a la uva. Era el surgimiento del caldo bórdales, primer fungicida de la agricultura

Duarte manifiesta que el cobre es un producto que actúa por contacto, preventivamente y ejerce su acción antes  que los hongos o las bacterias entren al tejido de las plantas. “Su modo de acción es multisitio, ya que afecta a los microorganismos a través de la ruptura de lípidos de la membrana; altera la actividad enzimática y, por ende, la formación de proteínas; rompiendo el ADN y provocando estrés oxidativo al interior de las células de los patógenos. Gracias a estas características, complementa de muy buena forma las estrategias antiresistencia de los productos contra los hongos y bacterias”, apunta. 

  Eso sí, la tendencia mundial apunta a restringir el uso de cobre, limitando las cantidades de kg. de cobre metálico aplicadas por superficie y por temporada. Según la regulación, los productores han debido adaptarse a usar como máximo 8, 6 y hasta 4 kgs. de cobre metálico/ha/año. “Esto nos pone como desafío racionalizar y optimizar su uso, para lograr el mismo control con menores dosis por temporada”, dice Ana María Prado, gerente técnico de Agrospec, firma que impulsa la protección de los cultivos agrícolas. Agrega que estas restricciones en el uso del cobre apuntan a disminuir su acumulación en los suelos. “Recordemos que los cobres son biocidas, por lo tanto, cuando superan cierta concentración en el suelo, pueden afectar la actividad de los microorganismos que viven en él y que cumplen un rol muy importante en la rizósfera. En este sentido, los productores orgánicos estarán sujetos a más limitaciones”, añade Prado.

 

  “Hay mercados que están restringiendo la cantidad de cobre por temporada, ya que hay situaciones donde en agricultura orgánica exigen como máximo 6 Kgs. de cobre/ha/año para no producir desbalances en la macro y microflora del suelo”, complementa Duarte.

  En Ñuble y Bio Bio, la realidad en algunos cultivos, no es muy disímil. “Me atrevería a decir que el cobre en nuestra zona se usa en exceso. Hay algunas explotaciones en las que se usa en gran cantidad. Por ejemplo, tenemos el caso de los nogales en los que los productores desarrollan hasta doce o catorce aplicaciones, por temporada. Eso es bastante.    Nosotros hemos realizado estudios en los que hemos demostrado que con la mitad de esas aplicaciones se podría obtener producciones relativamente limpias. Pero como es de bajo costo, influye poco en el costo de producción de cultivos que, a su vez, son altamente rentables”, puntualiza Moya. 

  A ello se suma que hay algunas bacterias que tienen capacidad de generar tolerancia al cobre, por lo tanto, va perdiendo su efectividad.

  “Se va aumentando cada vez más las tasas de aplicación, y se entra en un círculo vicioso. En Alemania ya están solicitando reducción de uso de cobre en las producciones orgánicas. Hay pocos productos que se puedan usar en esa área, por lo tanto, tiene un efecto complejo, principalmente si hay enfermedades bacterianas”, comenta el académico de la UdeC. 

 

TIPOS DE COBRE

 De todos modos, existen productos y soluciones que, utilizadas racionalmente, no representan peligro alguno para los suelos. En tal sentido, los cobres más utilizados son el óxido cuproso, hidróxido de cobre, oxicloruro de cobre y sulfato cuprocálcico. Cada uno tiene diferentes características en cuanto al tamaño de partícula, liberación del ion cuproso Cu+ o ión cúprico Cu++, persistencia al lavado de lluvia o adherencia entre otros, sostiene Duarte, agregando que en cierto grupo de frutales se aplican fundamentalmente en el período de caída de hojas en adelante, “mientras que en otros se usan desde el período de brotación, para proteger de enfermedades fungosas y bacterianas que afectan la madera, ramillas, brotes, hojas y frutos (Nectria, Botriosphaeria, Phomopsis, Fusicoccum, Spilocaea, Neofabraea,Corineum, Taphrina, Rhizopus, Cladosporium, Phytophthora, Pseudomonas, Xanthomonas). 

Prado explica que todos los cobres tienen el mismo modo de acción. Por esto, no es posible considerar la alternancia de activos cúpricos como un manejo antiresistencia.

“Hay que recordar que siempre que se use cobre para controlar alguna enfermedad, los patógenos no se intoxicarán por el producto en sí, como ocurre con los funguicidas o bactericidas tradicionales, sino por los iones cobre libres que aportan o se liberan a partir de ellos”, detalla la representante de Agrospec.

De esta forma, los cobres pueden agruparse en sales solubles (sulfato de cobre pentahidratado) y sales insolubles (oxicloruro de cobre, óxido cuproso, hidróxido de cobre y sulfato cuprocálcico o caldo bordalés). “Normalmente, será más recomendable usar las sales insolubles, también llamados cobres particulados o cobres invernales por su forma de liberar iones cobre. Cuando estos productos se aplican sobre plantas en receso, sobre tejido verde o sobre frutos, quedan partículas sólidas de cobre que, una vez que la aplicación se ha secado, no tienen mayor acción bactericida”, recalca Prado. No obstante, cuando existe presencia de agua proveniente del rocío, la lluvia, exudados de la planta, etc., y por lo tanto, condiciones para el desarrollo de enfermedades, estas partículas serán capaces de solubilizar pequeñas cantidades de cobre. Esto porque, si bien son sales insolubles, en realidad pueden llegar a solubilizar cantidades mínimas, del orden de 1-5 mg/litro de agua, lo que es suficiente para intoxicar a las bacterias fitopatógenas y hongos. Esta paulatina liberación de los iones cobre por parte de las sales insolubles, es la que le da a los cobres de uso agrícola la valorada característica de proteger en el tiempo a los cultivos.

“El uso depende de la especie. Hay especies en las cuales el uso del cobre es fitotóxico, especialmente en flores, y en otras especies se puede aplicar a lo largo del desarrollo del cultivo. Va a variar de acuerdo a la especie. Su proceso químico se expresa en que el ion cobre es absorbido por la bacteria y actúa sobre la cadena trasportadora de electrones que tienen las mitocondrias de las bacterias, y obviamente el exceso de cobre lleva a la muerte de la bacteria”, subraya Moya. 

“La acción de los cobres, desde el punto de vista fitosanitario es solo de contacto y preventiva. El hecho de que los sulfatos de cobre pentahidratados sean solubles y puedan ingresar a la planta (“cobres sistémicos”), tiene una implicancia exclusivamente nutricional. Cuando los cultivos tienen deficiencias del cobre, situación más común en otros países que en Chile, aplicaciones de cobre vía foliar podrían permitir mejoras productivas. Sin embargo, desde el punto del control de enfermedades, los cobres solo serán útiles al estar protegiendo preventiva y externamente a las plantas”, sostiene Prado. 

 

MEZCLAS

Se utilizan cobres mezclados con productos como azufres, caolín, extractos de cítricos, los cuales sirven como acarreadores para aplicaciones vía espolvoreo y para el control de un complejo de enfermedades en vides.

“El caldo bordelés es una mezcla de una sal de cobre con cal y eso mejora su adherencia. Hay algunas pruebas de uso  de cobre mezclado con algunos fungicidas que mejorarían su funcionalidad, pero cumplen funciones distintas. El azufre generalmente es un producto más controlador de oidio y que actúa como repelente de insectos, y los sulfatos de cobre son un tipo de sal de cobre disponible, La tendencia actual es más de controladores biológicos”, afirma Moya.

  En todo caso el cobre ha permitido que frutales como la nuez puedan ser cultivados en la zona, donde su principal amenaza es la peste negra. El cobre ha sido el elemento que ha permitido un desarrollo de la fruticultura en la Región de Ñuble y Bio bío, regiones que por sus estaciones lluviosas requieren de fumigaciones constantes para controlar especialmente los hongos en cerezos, nogales, arándanos y berries en general.

Leave a reply

Connect with:



Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *