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Entrevistas

Orgánicos Brita: Calidad, sustentabilidad y sabor

Un fuerte vínculo emocional con un emprendimiento familiar y con su lugar de origen resultó, sin quererlo, en el desarrollo y crecimiento, por parte de Eva Hagwall, de esta empresa agroalimentaria que se sustenta en dar valor agregado a la fruta orgánica que produce en una parcela en Pinto a través de mermeladas, productos de repostería y, recientemente, una línea de jugos de pureza excepcional. Única calificada como del tipo B en el Bío Bío, continuó con el trabajo y tradición de buenas prácticas y comercio justo de sus forjadores, los misioneros suecos Carlos Hagwall y Brita Soderlund.

Cuesta creer que una parcela de solo dos hectáreas, ubicada en Pinto, pueda rendir tanto como para producir la mayor parte de la materia prima orgánica que da sustento a Orgánicos Brita, empresa de productos en conserva y cafetería ubicada en el km. 28, camino a las Termas de Chillán. Pero la explicación surge al conocer a Eva Hagwall y la historia de esfuerzo y visión que forjaron sus padres, una pareja de misioneros pentecostales suecos que adquirieron el predio en 1963 con el objetivo de replicar en Ñuble los campamentos de verano para jóvenes que en Suecia y Europa ya eran tan comunes. “Compraron cuatro hectáreas y crearon el Campamento Asamblea de Dios. Que en los años 60 vinieran jóvenes y señoritas al campo a dormir en carpa era algo inusual en las iglesias  en Chile en ese momento”, explica Eva. Cuando ellos se jubilaron, en 1991, subdividieron el lugar de tal manera que quedaron las dos hectáreas de campamento e instalaciones con acceso al río Chillán para su iglesia, que aún funciona como tal, y ellos conservaron dos hectáreas para la familia, donde habían construido su casa y plantado árboles frutales y diferentes variedades de berries.

   La tradición familiar de elaboración de mermeladas por parte de Brita Soderlund y el fuerte apego emocional que su hija Eva desarrolló por el lugar en el que pasó todas sus vacaciones desde los cinco años en adelante, serían el comienzo de una futura empresa que hoy produce entre 20 y 30 mil frascos anualmente, con distribución a lo largo de todo Chile y que incluso ha exportado a Suecia y Alemania mediante las redes de Comercio Justo.

   En 1992, cuando el concepto de lo orgánico era poco conocido en la agricultura nacional, así como poco apreciado por su alto costo, escasa valoración por parte del consumidor final e implicar un tremendo esfuerzo en aprender una nueva forma de cultivo, Carlos Hagwall, con su mentalidad visionaria que daba alto valor a la sustentabilidad, se lanzó con una producción orgánica. “A pesar de que en esa época no se hablaba mucho aún de buenas prácticas agrícolas, para él era obvio tenerles buenas condiciones laborales a sus trabajadores, él veía como evidente cosas que ahora se exigen por ley. En la misma línea, decidió dejar de aplicar productos químicos en su parcela y comenzar a introducirse en los cultivos orgánicos junto con una serie de personas que fueron los primeros que estuvieron en este tema en la zona, que eran grandes agricultores desde siempre.

  Mi papá no era agricultor, con dos hectáreas no era mucho lo que podía hacer, pero igual se lanzó y sacó su certificación en 1999”.

Un nuevo proyecto empresarial y de vida

 Desde entonces el lugar ha mantenido su condición orgánica y es por lejos el mayor valor que hoy tienen los productos que desarrollan. Desde el 2003, esto ha sido responsabilidad de Eva, quien se hizo cargo de la parcela familiar cuando sus padres, por temas de salud, regresaron a Suecia luego de 47 años. Allá viven sus cuatro hermanos, que se fueron quedando en los distintos viajes que hacía la familia a su país de origen cada cinco años. En ese momento, la disyuntiva fue o hacerse cargo del lugar o venderlo. Y si bien Eva -que entonces vivía en Santiago-, aún tenía hijos en edad escolar, siguiendo el ejemplo de sus padres se lanzó en un proyecto que la cautivaba emocionalmente, y por ningún motivo podía vender un lugar que alojaba tantos recuerdos e historia familiar a terceros, por lo que su esposo lo compró. “Habíamos vuelto hacía poco de Alemania, donde estuvimos 20 años. Yo, que soy tecnólogo médico, trabajé siempre en eso en Alemania y no tenía idea de temas agrícolas, aunque sí tenía una base en temas de biología y ciencias”.

  Una vez en Pinto, se encontró con un huerto demandante y un emprendimiento casero de mermeladas que tenía una clientela fiel. “En los últimos 10 años que veníamos de vacaciones, esto se transformó en un lugar lleno de gente y de cosas que hacer y cuando mis papás comenzaron a hablar de irse, evaluaron venderlo y nos daba mucha pena, amábamos este lugar. También habíamos comprado otra parcelita más arriba que la teníamos bajo producción orgánica, pero que no generaba ningún recurso. Veíamos que la agricultura a baja escala por sí sola no rendía y había que darle un valor agregado”.

  Entonces, para meterse en el sistema, entró a Inacap a estudiar técnico agrícola, lo que le sirvió para tomar muchas decisiones. “Lo primero que aprendí es que tienes que estar presente y saber lo que estás haciendo, porque viene un asesor y te dice una cosa, después viene otro y te dice algo distinto. También me sirvió para conocimientos básicos del suelo. Lo que más me costó y me sigue costando es la parte comercial”.

  Eva entonces contaba, además de con el huerto y cierta clientela, con la marca y un permiso sanitario temporal, pero faltaba la resolución sanitaria, la que obtuvo pronto. “Hacerme cargo de esto no fue algo proyectado y no me di cuenta de cómo fue creciendo. Tenía la intención y conciencia de que había que darle un valor agregado a la fruta y que tenía que seguir siendo orgánico, pero no fue organizadamente proyectado. Todo se fue dando. Hay familias que eran clientes de mi mamá y que después de años hoy siguen viniendo a buscar sus productos en el verano. Pero la venta de mi mamá era a baja escala y en cuanto nos hicimos cargo dijimos hay que crecer. No tanto en el sentido de industrializarse, sino que primero que todo sacar el negocio de la casa, entonces hicimos una sala de producción y ventas en la antigua bodega. Empecé a ir a ferias, conocí gente en la Municipalidad de Pinto que me ayudó a postular a proyectos que me permitieron comprar maquinarias, empecé a asistir a encuentros orgánicos”, recuerda.

Un negocio social y medioambientalmente sustentable

Junto a su marido, comenzaron comprando 500 plantas de arándanos que sumaron al huerto de boysenberries, ruibarbos, zarzaparrilla, murta, ciruelos y otros. Hoy, los arándanos orgánicos, que venden como fruta, también son parte del negocio, que cuenta con cinco empleados más la presencia permanente de ellos. “El crecimiento se ha vuelto muy demandante para nosotros. Entonces estamos en una etapa de reestructuración como empresa familiar, pero tampoco queremos pasar a ser una fábrica. El objetivo sigue siendo darle valor agregado a la fruta que uno produce, pero los arándanos, que son demasiados para darle valor agregado, deben exportarse en gran medida, sobre todo cuando está a buen precio”. 

  Dentro de su producción, tiene una línea orgánica con la fruta de su huerto, y otra no orgánica que realiza con fruta que debe adquirir fuera, como por ejemplo guinda y otros frutos silvestres. En esta última línea ofrece también manjar casero, de leche de vacas libres que compra a un productor local. En total son 25 productos entre los que no solo se cuentan mermeladas de fruta puras o de mezclas, sino también jarabes y una nueva línea de jugo puro de arándanos y mix de berries que no tienen agua ni azúcar añadida. Otra innovación reciente es una línea de mermeladas sin azúcar. Además, forma parte del negocio la cafetería, que en las temporadas altas de invierno y verano recibe cientos de visitantes y produce más de 40 kuchenes diarios, pero que aún así no alcanza a significar el 15% del negocio total. Sus clientes tienen un perfil variado, pero todos tienen en común que confían en su calidad y la valoran.

  A través de los años ha recurrido a distintos instrumentos públicos de fomento que le han permitido adquirir equipamiento para la producción y la cafetería, así como un fondo FIA para implementar y certificar la línea de mermeladas orgánicas, donde hasta el azúcar utilizada es orgánica.

Para ellos, que no tenían experiencia en la industria agroalimentaria, lo más complejo ha sido garantizar los procesos y la estandarización en un modelo productivo donde no hay intervención de químicos, donde se trabaja con ollas abiertas y sistemas artesanales, manteniendo la calidad original que es uno de los mayores atractivos de sus productos, a pesar de que han ido disminuyendo progresivamente los azúcares. “Las recetas no son ningún secreto. Por ejemplo, mi mamá tenía una mermelada de durazno con menta y otra de naranja con zanahoria y las seguimos haciendo, nuestro manjar es de leche de vacas felices, la clave es la calidad y las materias primas”.

“Las recetas no son ningún secreto. Por ejemplo, mi mamá tenía una mermelada de durazno con menta y otra de naranja con zanahoria y las seguimos haciendo, nuestro manjar es de leche de vacas felices, la clave es la calidad y las materias primas”.

Los principios de comercio justo, que asegura son parte de su ADN y forma de pensar y actuar, son también una ventaja comparativa y aunque no siempre se vea recompensado en el valor final de los productos, es algo que a ellos los deja tranquilos y que los clientes advierten. “No estamos certificados en comercio justo, porque muchas veces no tiene mucho sentido certificarse, las certificaciones son carísimas y no existe una certificación como para mermeladas. Más bien son principios éticos bajo los cuales funcionamos. Somos una empresa tipo B (empresas que operan bajo altos estándares sociales, ambientales y de transparencia), la única en el Bío Bío. No es que nosotros lo hayamos pensado desde un inicio como un modelo de negocio, sino que en el camino nos fuimos dando cuenta de que encajábamos en ese modelo por la forma de operar, como una herencia de mi padre que tenía un enfoque social y medioambiental y una visión tan sustentable, que el año 91 cuando amplió la casa dejó instaladas las cañerías para poder en el futuro instalar las placas solares en el techo. Incluso para poder seguir potenciando esta área, Ricardo mi marido hizo un diplomado en Economía Social y Comercio Justo en la UAH, lo que le cambió la visión de la rentabilidad que traía de la gran industria y aprendió a valorar otras cosas”.

  En esta misma línea, a través de un FIA también implementaron una planta solar fotovoltaica de 10Kw que en el verano abastece toda la parte eléctrica. “Tuvimos la primera planta solar de Ñuble en el 2014, que está conectada con Copelec. Hay unos inversores que transforman la energía solar a 220V. Esa energía se usa para el funcionamiento de bombas de riego y sistemas de frío y en general para todo el sistema eléctrico del predio y negocio. En días de alta radiación no se alcanza a consumir todo por lo que los excedentes se van a la red”, explica.

  En el corto plazo, la aspiración es potenciar la línea de jugos 100% puros, una línea productiva que hoy no encuentra competencia en el mercado en términos de calidad. “Lo que hay hoy en día en el mercado no se asimila a lo que nosotros producimos. Lo nuestro es 100% jugo, no tiene nada agregado, ni agua ni azúcar, pero hay que ver si el mercado valora esta pureza como para pagar el precio que tiene y no compararlo con jugos que tienen 80% agua. Hay un tipo de cliente que sí lo valora, pero es un segmento muy chico. Hemos tenido el ofrecimiento de producir de manera más industrial para otras marcas o bajo una marca nueva de nuestra propiedad, pero aún no es lo que queremos. Lo que menos queremos es esclavizarnos”, reflexiona. Más bien, queremos encontrar la manera de compatibilizar la vida personal con un negocio que cada día se ha vuelto más demandante, debido especialmente a la Cafetería, que funciona principalmente los fines de semana y que se ha transformado en una parada obligatoria para muchos turistas locales, nacionales y extranjeros.

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