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Entrevistas

Vinos Roberto Henríquez: “Soy un enamorado de la uva País, de su valor histórico y patrimonial”

Enólogo penquista presenta un novedoso proyecto vitivinícola donde el Pipeño es el rey. Además, considera que tomarse un vino elaborado de manera tradicional es “pura salud”.

Vinificó en diferentes bodegas de Chile, Sudáfrica, Canadá y Francia, pero con la intención de desarrollar sus propios vinos regresó a su ciudad natal, que además es la frontera sur de los vinos de Chile.

Entusiasmo puro. Eso transmite el enólogo Roberto Henríquez cuando habla de su proyecto vitivinícola que se basa en la uva País. Y eso que trabajar esta cepa es todo un desafío. Más allá del menosprecio general que los chilenos sienten por el tradicional Pipeño, por lo que posicionarlo ya es una tarea difícil, técnicamente los vinos países son frágiles, por lo que hacer buenos vinos Países es todavía más complicado.

También se considera incomprendido por el mercado, por su casi obstinación de no hacer vinos retail de los que se encuentran en las góndolas del supermercado. El País es un vino más ligero, menos estructurado, un vino de sed que no tiende a tomarse pausadamente. Es otro estilo para el paladar chileno que está acostumbrado al vino más estructurado como el Cabernet o el Carmenere.

Pero Roberto Henríquez logra sortear esta incomprensión y la dificultad que conlleva elaborar un buen vino País. Tanto así que su vino Pipeño 2016 fue escogido para las cenas que prepararon los hermanos Roca y propietarios del Celler de Can Roca, restaurante español de Girona que lleva varios años en la elite de la gastronomía mundial, durante su visita a Chile y que fueron elaboradas únicamente con ingredientes locales. En estas cenas, organizadas por el Banco BBVA, los vinos tuvieron excelente aceptación, si bien Henríquez reconoce que para el público chileno fue un shock encontrarse de entrada con un pipeño, después lo disfrutaron.

Además, sus vinos también empiezan a tener reconocimiento extranjero. Hace poco, el catador Luis Gutiérrez, de la prestigiosa revista estadounidense The Wine Advocate, hizo una reseña de los Vinos Roberto Henríquez, lo que para el enólogo es importante porque se empieza a hablar de la cepa País en revistas internacionales, las que por sobre todo rescatan el tema patrimonial que conlleva elaborar este vino.

Tradición y herencia en peligro de extinción

Roberto Henríquez Ascencio, penquista de nacimiento, es ingeniero agrónomo y enólogo de la Universidad de Concepción. Desde el año 2009, vinificó en diferentes bodegas de Chile, Sudáfrica, Canadá y Francia, pero con la intención de desarrollar sus propios vinos regresó a su ciudad natal, que además es el lugar de origen y frontera sur de los vinos de Chile.

Su amor por esta variedad de uva, también conocida como Mission en Estados Unidos, nació cuando empezó a trabajar con los pequeños viñateros de la ribera sur del Bío Bío, con la gente de campo que hace sus vinos pipeños naturales, que no aplican productos fertilizantes o herbicidas y tienen una filosofía de producción ajena a estos tiempos, que viene de la Colonia. “Y eso no lo aprendí en ninguna de las vendimias que hice afuera, ni en Sudáfrica, ni en Canadá. En la única parte que vi algo parecido fue en Francia, donde hice vino con una familia en una pequeña viña en el Valle del Loira. Ellos tenían las mismas técnicas de cultivo natural del viñedo, tradicional, y en la bodega todo fermentaba de manera espontánea y no había mayores intervenciones, sino que el vino se hacía solo. Sin filtraciones, sin estabilizaciones. Así, lo que te estás tomando finalmente es jugo de uva fermentado, pura salud, lo que tiene mucho sentido”.

Con esta convicción, en mayo de 2015 comenzó una carrera independiente elaborando vinos con uvas de variedad País de 200 años ubicadas en la ribera sur del río Bío Bío. Y está totalmente dedicado a su empeño. No tiene otro trabajo y todo su quehacer se mueve en torno al vino.

De esta labor resultaron dos vinos:  Pipeño 2015, que es 100% uva País de Santa Juana, y Rivera del Notro 2015.

El primero proviene de un viñedo de 200 años, el que está sobre suelo granítico de origen intrusivo. El trabajo de la viña es tradicional, sin adición de fertilizantes ni herbicidas. Sólo se da una mano de azufre por temporada. La uva es fermentada en lagar de Cemento y se concentró el vino sacándole sangría o “chicha” y se guardó en barriles viejos. Se separó el vino gota de la prensa, siendo Pipeño Santa Juana sólo vino gota.

El segundo, en tanto, es 100% uva País de Nacimiento, donde Roberto tiene una viña en sociedad con Enrique Herrera, quien es el propietario de las tierras. Allí los viñedos también son antiguos, entre 150 a 200 años,  y hace tres años que los manejan juntos, también de manera tradicional sin adición de fertilizantes o herbicidas. Para este vino, la uva es fermentada en lagares de Raulí, se guardó en barriles viejos y se separó el vino gota de la prensa. La vinificación de ambos productos la realiza en una bodega que arrienda cerca de Rafael, Tomé. “Nuestros vinos son hechos a pulso, son vinos de esfuerzo, de mucho brazo y espalda. Y así también es la variedad País, se muestra rústica al vivir, es dura”. Sin embargo, cree en la versatilidad de esas viejas parras, de los vinos que producen y de los sentidos que proponen. “La uva País es nuestra principal motivación, queremos perpetuar el trabajo de nuestros antepasados, que paradójicamente se encuentra en peligro de extinción”, resalta.

Santa Cruz de Coya, antiguo asentamiento español

Pero no sólo en la uva País encontró tradición y patrimonio. Casualmente, investigando sobre el origen del fundo “San Sebastián” de Nacimiento donde están los viñedos, se encontró con que ese lugar corresponde georeferencialmente a una antigua ciudad española, Santa Cruz de Coya.

Ésta fue una ciudad establecida por el gobernador de Chile Martín García Óñez de Loyola en el sitio del fuerte de Santa Cruz de Oñez, en 1595. Fue nombrada así por su esposa Beatriz Clara Coya, miembro de la casa real inca. Los mapuches llamaban a esta ciudad Millacoya, lo que en mapudungún significa Princesa de Oro (en mapudungún Milla es oro y en quechua Coya es princesa).

“También tiene un doble sentido porque en las localidades de Santa Juana, Nacimiento, Millapoa y Yumbel estaban los lavaderos de oro. La historia cuenta que tuvo tres iglesias financiadas por su población: San Agustín, San Antonio y San Sebastián, que es el nombre del fundo y lo que dio origen a mis investigaciones”, explica Roberto, quien agrega que encontró la antigua localización siguiendo las indicaciones que salen en los libros de historia. “Lamentablemente no hay ni un adobe o un monolito que indique la locación, todo es georeferencial”.

Así, en honor a la historia, el vino 2016 de Roberto Henríquez se llamará Santa Cruz de Coya, que es nuevamente 100% País con fermentación tradicional.

Comercialización y nuevos proyectos

La mayor parte de los Vinos Roberto Henríquez se exportan. Si bien el año pasado no hizo un gran volumen, exportó su mayoría a España y Canadá. “En Barcelona una de mis botellas llegó a estar a 29 euros. ¡Los españoles pagaron eso por tomarse un Pipeño!. ¿Caro?. Para mí sí, pero sirve para hacer conciencia de que tenemos material, potencial, saber que podemos posicionar este vino”.

Este año pretende producir 12 mil botellas, para las que está preparando una exportación a Estados Unidos, Australia y Brasil, y por supuesto se proyecta seguir creciendo en el tiempo.

En el mercado local distribuye a través de Jantoki en Santiago y la Cava del Pescador en Concepción. “Ellos hacen el trabajo de poner mis vinos en restaurantes, pero el volumen se va en exportación porque afuera está la comprensión histórica de parras viejas, vinos con tradición, cultivar las viñas a la vieja usanza, naturalidad. Entonces los vinos se venden más fácil”, enfatiza.

En cuanto a nuevos proyectos, también se está dedicando a la producción de vinos blancos, sin dejar de lado la parte tradicional de la vinificación de la zona. “Estoy realizando un blend con Moscatel de Alejandría, un poco de Corinto y Semillón, de viñas que se encuentran en la parte más costera y fresca del Valle de Itata, cerca de Rafael y Tomé. “Hago vino blanco con extracción y maceración larga en pieles. La fermentación dura naturalmente un mes y cuando termina, dejo el vino en contacto con las pieles. Finalmente es un vino más pardo, obviamente un poco más oxidado, pero tiene mucha estructura y consistencia debido a esto”, explica.

Y esa es su propuesta: vinos blancos frescos del Valle del Itata, de las zonas más costeras donde al vino le cuesta madurar, y los vinos tintos de la ribera sur del Bío Bío.

Para Roberto Henríquez a los chilenos les falta reencontrarse y valorizar sus raíces vitivinícolas. En cambio, el extranjero al catar un País se emociona porque reconoce que es la primera vez en su vida que prueba algo así. “Y eso me pasa cuando presento mis vinos. Los extranjeros, sin decir que mi vino es el mejor, reconocen que nunca han tomado algo parecido. Y les estás mostrando un País Pipeño de Santa Juana, de Nacimiento o del Itata”.

Y en eso está la convicción de lo que hace. “Soy un enamorado de la uva País, que tiene mucho valor por historia, por patrimonio y muchos factores. Es una motivación extra. Yo no hago otra uvas tintas: no hago Cinsault, no hago Carignan ni Carmenere. Podría hacerlo y quizás me iría mucho mejor con el tema de la venta de vinos, porque son vinos más fáciles de comprender aquí en Chile, pero me quedo con el País y nuestra tradición”, finaliza.

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